jueves, 31 de octubre de 2013

No somos modernos



A Violeta, Salvador y Gustavo


Zona Rental

Desde la muerte de Sofía, las cosas con Pedro se pusieron, Aldonza, cuesta arriba. Antes de sus quince años había tomado un bolso y se había ido, dejando en la casa un vaho a derrota, a pérdida, semejante a la del boxeador cuando recoge sus cosas y se marcha para siempre del gimnasio.  Nunca supe manejarlo. Sofía lo suavizaba, lo ponía mansito. Yo fui incapaz de ese heroísmo.
No soy fuerte, no resuelvo, soy dubitativo. Mi trabajo no es admirable tampoco. Soy operador del Metro Tengo veintitrés años siéndolo.  Inauguré la línea 2, allá en el 87  y ahora inauguro la línea 4. Los jefes confían en mí para eso. Y me gusta, siento que abro caminos nuevos para los habitantes de esta ciudad, los que se joden. Pensé, además, que esa labor era digna de admiración por parte de Pedro, o que podría serlo. Pero nunca fue así. Cuando estaba pequeño y lo paseaba en la cabina, sufría de un terror sin fin al adentrarnos en el túnel. No le gustaba, le tenía pavor. Las pocas veces que lo intenté, en las noches sufría de pesadillas y corría a nuestra cama. Se aferraba a su madre y me daba la espalda. Entendía que era apenas un niño pegado a las faldas de su mami, pero con el tiempo las cosas no cambiaron. Era tanto el pavor que le daba el Metro, que solo podía soportarlo de la mano de su madre, y con lágrimas en los ojos. El asma se le complicaba además, se bombeaba sin parar. Sofía tuvo que inventarse una ruta en la superficie para llevarlo al colegio, lo que significaba que debía salir más temprano del barrio. Eso lo hace solo una madre. Yo pensé que todo se resumía en trabajar, ser honesto, estar pendiente de que nada le faltara, eso. No funcionó, Aldonza.
 La nueva línea tiene cuatro estaciones. De ahí empalma con Plaza Venezuela y la gente se va a Coche o la Universidad. Faltan estaciones en ésta línea,  no se compara con la Línea 1 ni las otras. La siento como un atajo para llegar a Plaza Venezuela, más nada. Y ya yo voy perdiendo los tiempos de los retos. El sindicato cada día se pone más duro, más cerrado. Me he ido desligando. Tengo mis beneficios, tengo mis años de trabajo y mi jubilación. No quiero más nada: ni problemas con el gobierno, ni bajos asuntos, ni huelgas. Un sindicato es una mafia legal, y llevo años haciéndome el loco ante esa mafia. Supongo que hasta eso me lo recriminaría Pedro: no cogiste unos reales, no ascendiste. Más de veinte años en el túnel. En el hueco negro, oscuro, feo. Escondido como un topo. Caminando hoyos. Encuevado.
Tengo un amigo, Sancho, pero es una amistad complicada. A veces Sancho me entiende las vainas, los caprichos; a veces no. Desde el primer día en ésta línea nueva, me ha entendido definitivamente. Antes le costaba, me ponía en dudas todo lo que le comentaba. Claro, para alguien que se encarga de golpear a los ladrones detrás de las puertas grises de las estaciones, de aleccionarlos desde la inauguración del Metro, nada sorprende realmente. Ni siquiera recoger las manchas de sangre, huesos y excrementos que dejan los suicidas cuando se lanzan, cosa que empezó a hacer desde la llegada de la línea 3. Los humoristas, los llama. Los jodedores, cuando anda encabronado. Sancho llegó a finales de los setenta a Venezuela, a trabajar con los franceses. Era bueno en su labor. Un día no aguantó más y pidió cambio, después de la inauguración de la línea 1, en el año 85 si no recuerdo mal. En España, a pesar de lo bajo que era (le llevo una cabeza) había sido boxeador. De eso vivía en sus años mozos. Luego de fugarse del seminario de curas, se mantuvo en las calles echándole pichón a punta de coñazos. Y a punta de coñazos llegó a Francia, cruzándola en tiempos de visitar al santo en Compostela. Se mantenía vendiendo estampitas y otras cosas en el camino, en especial a los gringos. Con dólares, pesetas y algunos francos llegó al lado vasco en la otra cara de los Pirineos y se presentaba como “El gran Panza” en los cuadriláteros. Tenía un jab de izquierda que dejaba lelo a más de uno y que quebraba todo a su paso. Un día lo bombearon entre varios en un bar, (lo aventaban por los aires), se fastidió de arreglarse la nariz quebrada, y se enroló como obrero en una construcción de bodegas vinateras. De ahí, bordeando Francia, llegó a Marsella, a Lyon, y de un solo golpe brincó a París. En cada avanzada hacía más dinero en mejores construcciones. Ya siendo experto con los años en trabajos bajo tierra, lo encomendaron como buen trabajador en Rotival, luego se fue con la gente de San Francisco, California y con ellos llegó a Caracas. No tuvo problemas en venirse, nada lo ataba. Nada, hasta que se empató con Teresa y tuvo una hija. Sancho, Aldonza, es mi amigo, quizás el único que me quede en la compañía. No suelo hablar con más nadie. Cuando cuadramos los horarios, almorzamos por su casa en San Agustín o a veces en las noches nos llegamos por Bellas Artes a tomarnos unas cervezas. Los ojos grises, opacos de Sancho, me miran entre birra y birra. Me miran con compasión, con piedad, quizás de lo poco que le quedó de tiempos del seminario, además de un ritual de despedida que le hace a los suicidas cuando recoge sus cuerpos: saca una botella de vino de cocinar, la esparce por el lugar antes de aplicar el líquido para limpiar los rieles, y dice “la sangre ahora se purifica con la carne, y se hace una con la tierra, sus metales, sus miserias. Púdrete, cadáver”. Hace la señal de la cruz como lo hacen los ortodoxos, para llevarle la contraria a la Iglesia romana y ser más hereje de lo que es, y se tira un peo. Es una mierda, pero por lo menos considera las almas de esos malditos. En su dureza piadosa también me dice que me olvide de mi hijo. “Pedro es un hombre y se marchó, déjale hacer su vida y sigue con la tuya. Así son las cosas siempre”. Sancho me escucha mis borracheras, esas en las que nunca lloro y me da por hablar más pausado de lo que hablo. Y le cuento lo que veo dentro de los túneles. Sólo tú y él saben de los espantos.  En cada línea lo que veo cambia. En la línea 2 se veían indios. Indígenas. Caribes. Me hacía señales, me gritaban, hacían señales para que me detuviera, golpeaban el vidrio. Al principio, me chorreaba. Pensaba que no duraría en el trabajo. Luego, cerraba los ojos. Los rostros se veían en los trazos de luz cuando ya todo el tren estaba adentro del túnel. Pensé que con el tiempo lo manejaría. Al pasar a la línea 3 se sumaron rostros de blancos, de gente vestida para una gran comida, arreglada, cadavérica pero arreglada. Mulatos y negras, sudados, de cuerpos brillantes y miradas profundas. Veía que increpaban con voces, pero nunca pude entender del todo qué decían, así me esforzara en leer sus labios. A esa velocidad, era muy difícil. Una vez hicieron un Congreso de sistemas subterráneos de transportes, y entre copa y copa, un argentino me comentó que en el Subte no era muy distinto, más en las rutas viejas, las cercanas a Plaza de Mayo. Decía que eran los muertos de la Boca, pues el subterráneo no llegó nunca hasta allá. Los mexicanos eran más exagerados: aztecas, el mismo Moctezuma, conquistadores, los franceses que invadieron hace más de cien años, y hasta los abandonados por los rescatistas en tiempos del terremoto de no hace mucho. No les creí, el metro allá no es subterráneo. Pero los gringos de Nueva York o los mismos franceses de París, tan serios y tan comemierdas, pelaron los ojos cuando lo comentaba. No dijeron nada, pero sé que sus historias no serían tan distintas a la mía. Sancho solo tenía una palabra cuando le contaba esto: superstición.  Ateo como era, ateo militante además, que se encargaba de dejar volantes en los asientos de los vagones, decía que eso era simplemente paja. “No es a espectros a lo que hay que tenerle miedo, es a los vivos y cómo manchan los rieles cuando se matan o cómo lloran cuando le destripas las bolas con alicates”. Tú no crees en nada, le increpo. “No, no creo en nada, respondía”. Y era verdad: tratar con ladrones y suicidas endurece. “Eres duro entre tanta miseria en la que trabajas”. “No”, me decía otra vez:” Mámate el franquismo para que veas lo que endurece. Ustedes en este país, en donde llevo años viviendo y culeando y trabajando y esperando la muerte sonriente y negra, perdieron el fogueo, la conciencia del dolor, de pasarla mal. La democracia los volvió un masacote, los volvió pupú, gente sin guáramo (una de sus palabras criollas favoritas, que repetía como un mantra). Se volvieron débiles. Yo escucho los cuentos de los que no son de acá y lo confirmo. No han llevado palo del bueno desde hace años y así no se hace el carácter. Tú podrás ver fantasmitas, todos ven fantasmitas acá, eso no te ha hecho más fuerte”. No sabía nunca que responderle cuando me atacaba con esas palabras. Bajaba los hombros. Me despedía con un leve “hasta mañana”.

                                                           Parque Central
Al empezar en la Línea 4, me llené de valor para afrontar lo que venía en el túnel. Nunca entendí por qué no busqué otro trabajo, preciosa. Las primeras veces, apenas en el 87, cuando me bajaba más blanco de lo que soy y entregaba el turno, me iba a buscar ron a cualquier barra antes de llegar a casa. Luego, un día, aparecieron unas pastillas en la sala de reposo, cuando iba a comer. Me sentaba en el mismo puesto siempre, ahí estaban. Una nota decía “Esto quita los fantasmas”. Las engullí. Eran dos siempre. Supuse que alguien viejo de la empresa, de los que inauguraron, del sindicato, me dejaba las pastillas. Los fantasmas no desaparecían en el túnel, sencillamente no me importaban. Como si fueran una forma más de la luz. Con los años, supongo que el cuerpo se fue acostumbrando, sentía que perdían el efecto. Una vez dejé una nota que decía “más”, y al día siguiente tenía tres pastillas, ¿puedes creerlo? Pero esas también empezaron a perder su efecto. Y ahora, comenzando en esta nueva línea, apenas aparece una de vez en cuando. Hace dos meses me dejaron una nota “la crisis”, decía. ¿Qué bolas no? Me jodí, pensé inmediatamente. En esta Línea no he visto al primer espanto, pero sé que en cualquier momento aparecerá. Nunca faltan. No sé si podré soportarlo. Hoy me tomé un Valium antes de salir de casa, y llevo otro guardado, pues nunca se sabe. Tú me entiendes Aldonza.  Me toca la hora del mediodía, lo que hace los tiempos más lentos, más cargados, más muchachitos parando la puerta para entrar, más gente coleándose sin vergüenza, más musiquitos, enfermos, personas mayores. Los musiquitos acomodan el mediodía de algunos y a otros los encabronan. Los hay de todo tipo: guitarrita y temas de moda; arpa, cuatro y maracas; hiphoperos. La Cindy sin dientes, célebre mendiga, se mudó hasta esta línea a ver cómo le va, supongo. Sigue siendo la favorita de la fanaticada, suben videos suyos a yutube, ella hasta se entusiasma y piensa en un disco.  Los enfermos no tienen fin, o los supuestos enfermos en muchos casos. Los vendedores son los más histéricos y gritones. Me fastidian los mediodías, pero por lo menos me entretienen, hacen que pase el tiempo más rápido.
Soy un hombre alto y delgado, para que sepas. Tengo algunas hermanas, que nunca se casaron, vagabundas, y un hermano muerto en un lance con la Policía en los ochentas. Los malandros eran más, y lo acribillaron. Vivo, desde la muerte de Sofía, en una casa de alquiler por Puente Hierro, que comparto con una doña, una hija de una de mis hermanas y un italiano viejo que trabaja de barbero. En un anexo, vive un curita retirado, que fue confesor durante décadas en la parroquia Santa Rosalía de Palermo. Una vez intenté contarle lo que veía en el túnel, pero no entendía nada de lo que le decía, sólo hacía silencio y al final, antes de terminar de echarle el cuento incluso, me absolvió, me dijo que rezara tres avemarías y me despidió. Me quedé con todo el frío de los muertos adentro. No recé los avemarías. Cerca del Nuevo Circo hay una iglesia Evangélica y probé llegar hasta allá. Me recibieron. Me hicieron unos rezos, cantaron loas al Señor y me pidieron dinero. Me molesté y me fui. Dejé la cosa de ese tamaño, no era cercano a verme con brujos ni santeros. Cargaría con mis fantasmas.
No recuerdo si de niño veía aparecidos, Aldonza. La verdad que no. No sé a ciencia cierta cuando empecé a ver cosas. Comencé a beber y a meterme vainas recién salido del colegio. Hice múltiples oficios. Encontré luego a Sofía y nos enamoramos. Fue mi tiempo más feliz. Años después de comenzar en el Metro, Sofía empieza a sentirse mal y un día va al médico. Cáncer de pecho. Nos dio en la madre eso, a Pedro y a mí. En menos de cuatro meses se puso chiquitica, se la cayó el pelo, Aldonza. No aguantó mucho la quimio, los médicos decían que no valía la pena ni siquiera extirparle el pecho. Nada, se nos murió. Pedro estaba ya grandecito, y entre mi trabajo, y otros oficios que estaba haciendo para terminar de pagar la plata que me prestaron para el entierro, se me echó a perder: se jubilaba del colegio, se juntó mal, robaba reproductores de carro, celulares. Un día me lo llevaron unos conocidos de la policía y me dijeron que lo moliera a palos, que se me iba a salir por la tangente, que no lo perdonarían la próxima vez. Nada de lo que hice resultó, mi reina,  y cada vez que levantaba la correa para cuerearlo, no podía dejar de ver al niño que lloriqueaba cuando viajaba conmigo en el Metro. Nada pude hacer, lo dejé andar, lo alimentaba y dormía en la casa, trataba de hablar con él. No sirvió de nada. Un domingo ya tenía cuatro días fuera de casa y el lunes, al volver de mi turno, no estaban sus cosas en el cuarto. Lo llamé al celular, le mandé correos, sin respuesta. No lo vi nunca más.

                                                           Nuevo Circo
Ahora Aldonza, a estas horas,  las estaciones están más llenas. En esta línea los tiempos de espera son mayores, y para colmo te anuncian el tiempo de llegada en unas pantallas. Eso ayuda, pero en un subterráneo, no sé para qué. Total, ¿a dónde vas a ir? La llegada del tren ocurre relajadamente, y suelo esperar un poco más a que se monten los pasajeros, que se aglomeran, como pasa en Ciudad Universitaria por ejemplo, o para ir a Caricuao. Pero ese día, hace un mes exactamente, las puertas de los vagones tardaron en cerrarse. El primer pensamiento fue la gente trabando las puertas. Di el anuncio de que deben dejarlas cerrar para seguir. Aun así me daba la señal el sistema de que seguían abiertas. Lo intenté nuevamente, sin lograrlo chama. Di un segundo llamado, diciendo que si hay algún contratiempo que presionen el botón de emergencia. Aun nada. Luego de dos intentos más, decidí salir. Encontré el pasillo de la estación vacío y con un silencio poco común. A dos metros de haber salido de la cabina, vi al espectro. Mi hijo, vestido extrañamente, que me miraba cabizbajo. Lo reconocí enseguida a pesar de eso; supe también, por el olor, que estaba muerto. Permanecimos en silencio y yo, en mi terror, empecé a buscar una salida. Estaban cerrados los accesos a las escaleras mecánicas y a las de concreto. Empecé a gritar; le hice señales a las personas en los vagones, pero me miraban extrañados, como desconociéndome. Pedro se acercaba más, estirando el brazo izquierdo. Sentí que la tensión me bajaba, que me iba haciendo pequeño y el aire desaparecía de mis pulmones. Cuando lo tenía cerca, estando yo contra un muro, sin poder escaparme, grité con todas mis fuerzas. Los pasajeros del tren me hacían señas y se reían; algunos me increpaban, mostraban impaciencia. Al final, me habló. Me dijo que no me preocupara. Entonces vi salir del túnel de llegada a la estación a todos los espectros que había visto en mi vida: los indios, los españoles, todos los fantasmas del pasado. Llegaron otros, que por su vestimenta reconocí como trabajadores de subterráneos. Estos me hablaron y por sus acentos y expresiones noté que eran americanos, argentinos, franceses. Por último, levanté la vista hacia Pedro. Me miraba con tristeza. Lo rodeaban. Intentó dirigirme la palabra nuevamente, pero se lo impidieron. Le pregunté cómo había muerto, por qué no estaba con su madre, pero fue inútil. Rápidamente se lo llevaron. Poco a poco fueron partiendo. Estaba helado. Volví a quedarme solo.
Cuando reaccioné, Sancho estaba a mi lado. Apartaba a la masa de pasajeros de la estación que se aglomeraba alrededor mío. Sancho me dio dos pastillas y un poco de agua y me ayudó a levantarme. De los mendigos, se escuchaban abucheos y carcajadas. De los enfermos, lamentos y expresiones solidarias. Luego, alguien entró en la cabina y, al minuto, el tren continuó su marcha. No podía moverme cuando la estación quedó casi vacía. Cerré los ojos; me supe en una camilla y que entre varios me llevaban.

                                                           Teatros

Me fui con Sancho. Nos llegamos por Sabana Grande. “Alonso, ¿qué te pasó?, me preguntó. Junto a él estaba un estudiante, un joven muchacho, aprendiz del oficio de Sancho. Nuevo en el Metro, debía acompañar a su superior a donde quiera que este lo llevara, y Sancho había logrado que me dejaran ir los paramédicos. Además, se notaba emocionado. “¿cómo que qué me pasó? Los espectros Sancho, los espectros vinieron todos a verme hoy”. Me observó con rabia y desconsuelo; el estudiante no mostraba emociones en su rostro. “También estaba Pedro”, le insistí. “Claro”, me respondió, “ya entiendo”. Hubo un largo silencio de repente. Nada se escuchaba. “¿Se había tomado sus pastillas?”, me dijo el estudiante. Me molestó que se metiera en nuestra conversación y así se lo hice saber. Sancho me tomó por el brazo, refrenándome. “¿qué le has dicho de mí?”, increpé a Sancho. Volteó a mirar al estudiante (creí ver una expresión de complicidad), y luego abrió amplios los brazos y dijo: “que eres mi mejor amigo”, y me abrazó. En el camino a casa, pues insistió en acompañarme, me dijo que debería tomar vacaciones, que él tiene cuadrada una casita por Los Caracas, Teresa quiere salir, que me fuera con ellos. Le dije que le avisaba. No lo he hecho, hasta ahora. Al llegar a casa, abrí una de las botellas. Bebí casi un cuarto de ella. Sentí que al fin me relajaba, que todo volvía a la normalidad, que eso no estaba sucediendo. Eso, el sentir que los espectros me miraban con los ojos muy abiertos, como siento cada día. Luego del segundo gran trago, supe que ni todo el ron del planeta, ni todas las pastillas, los sacarían. Comprobé lo que un día me dijiste: viven entre nosotros.
 Días después, pude ver por el cable a la Cindy sin dientes dando declaraciones en un programa de entrevistas. Contaba su versión de los hechos. Nada de lo que decía coincidía con lo que yo pude vivir en carne propia. Ya verá la Cindy sin dientes quien es el señor de esta historia. Ya verá Sancho que yo si tengo pantalones. Ya verán mis vecinos cuando aparezca yo, Caballero de la Triste Figura, en la tele, contando la verdadera historia. Se la contaré al mundo, Aldonza, se la mostraré al mundo aunque crean ver en mí solo a un viejo, casi un jubilado, con problemas en la cabeza.
Tú lo sabes más que nadie, Aldonza. ¿Dónde quedan, acaso, todos los años que llevamos conversando?


miércoles, 5 de septiembre de 2012

De "1918". Primera parte



Playball

Mickey Mantle jugó muchísimos años con una pierna mala, que debía tratarse
 y amarrar como un perro sin educación ni disciplina. La Osteomielitis,
a pesar de la penicilina, duele siempre.
Fue operado de la rodilla seis veces en toda su carrera.
A pesar de la triple corona en el 56, perdió la competencia con Maris por el record de Ruth en el 61, gracias una vez más a su pierna mala y sus lesiones.
Murió hace pocos años.
Mis labores con estas sílabas llevan un principio de muerte desde que me acerqué hacia ellas.
Sufre la espalda, sufre la memoria en los insomnios que tanta locura traen. Me recuerdan que llevan veneno y que el palpar continuado, el frote de piel, de dedos contra teclado, también carcome los ánimos.
Uno sale al juego y se planta en el home, cada vez que le toque. Sólo eso nos queda con los años.
El bregaje. Apagar el laptop y mirar con ironía, en una esquina del cuarto, un guante raído, un bate mordisqueado de ratas.
Una barajita vieja de Mickey Mantle.

lunes, 27 de agosto de 2012

Sobre "La civilización del espectáculo", de Mario Vargas Llosa

En principio, todos los que hemos estudiado literatura y artes, los que escribimos y pintamos, bailamos o interpretamos alguna partitura, deberíamos estar de acuerdo con Mario Vargas Llosa en su último libro, La civilización del espectáculo. Deberíamos. Aunque sea parcialmente. Al terminar de leerlo, uno se encuentra con sentimientos encontrados. Por un lado, muchos de los argumentos que el autor esgrime, son los mismos que esgrime uno en artículos, aulas de clase, e incluso en novelas, ensayos o poemas. Por el otro, las críticas que dispara contra todo aquello que compone la modernidad audiovisual, no hace sino ponerlo a uno contra las cuerdas.
En La civilización del espectáculo, el Nobel peruano hace énfasis en cómo la tradición liberal de la cultura, específicamente desde la modernidad y con ella el advenimiento de la burguesía, cimentó las bases morales con las que medir el siglo XIX y XX, analizándolo de manera crítica y realizando los cambios sociales y políticos necesarios para lograr los avances que Occidente esgrime ante el mundo: democracia, libertad de culto, altos niveles de alfabetización, laicismo, calidad de vida. Vargas Llosa señala que esas bases morales se encuentran en la Cultura, entendiendo como cultura a las humanidades y las artes y como centro, a la palabra escrita.
Las críticas de esta sumatoria de ensayos son impactantes, aleccionadoras y, a veces, chocantes. En primer lugar, en su organización. El autor reflexiona sobre la materia a través de siete capítulos, apoyándose a su vez en artículos suyos publicados en El País, diario español donde escribe regularmente. No sé si tiene sentido esta forma de plantear las cuestiones. Aparenta una enorme pereza editorial. Algo que se puede constatar a lo largo del libro, donde leemos a un hombre indignado, irónico, altivo, con ánimos pesimistas y, ante todo, cansado. Es lo menos logrado de la obra: una sensación de fastidio por tener que escribir sobre algo que, a la luz del autor, no debería de estar sucediendo. Considero que el abordaje que hace de autores como Barthes, Foucault, Derrida y Baudrillard es exagerada: desmerece,  quizá con la excepción de Foucault (y como Mark Lilla en algunos de sus trabajos) los aportes de estos pensadores al mundo contemporáneo, más allá de que compartamos o no sus posturas. Además, su acercamiento a la tecnología es superfluo, sin atreverse a indagar más en términos filosóficos. Muy diferente es la perspectiva de Alessandro Baricco en su obra, Los bárbaros, en donde profundiza mucho más en los cambios que el siglo XXI nos trae, analiza la cultura burguesa señalando su final y se atreve a indagar mucho más hacia donde podríamos ir.
Por otro lado, las críticas a muchos planteamientos del arte contemporáneo, a la mercantilización enfermiza del mismo, la ausencia de refinamiento en la sexualidad, a través del erotismo, la honda reflexión alrededor del lugar de la religión en el siglo XX y XXI, desde varias perspectivas: filosóficas, sociales, políticas y cómo la literatura sí ayuda a cambiar al individuo, son respetables. Por último, el discurso de Vargas Llosa en Frankfurt, al recibir el Premio de la Paz de los libreros alemanes en 1996, no hace sino dejarlo bien parado. Tenemos al polemista latinoamericano en toda su expresión: sin miedo de hablar, de señalar, de criticar y de dar ánimos en la lucha contra los males del mundo, desde el lugar de la literatura y el arte. Es un discurso inspirador, mucho más que el leído hace dos años en Estocolmo.
La civilización del espectáculo es un libro que puede hacer aguas en sus pocas referencias a las obras de los autores que critica y a las perspectivas que ellos soportan. Podría tener más extensión y profundidad. Podría, también, indagar mucho más en las particularidades de la cultura audiovisual y musical, y en los logros que ella ha traído a la civilización. Vargas Llosa escribe desde un lugar de enunciación: lo analógico. Los que crecimos en lo analógico pero hemos aceptado lo digital, nos encontramos entre la espada y la pared. Somos mestizos. Estamos formados en los grandes discursos del siglo XX, pero caminamos entre sus destrozos, sin saber claramente hacia donde vamos.
Creo que la clave para el entendimiento de este libro, está en la perspectiva del lector. Su usted puede terminar de leerlo y de reflexionar sobre él, entonces ese mundo del que Vargas Llosa habla, no está perdido. No nos engañemos: el lamento de Vargas Llosa está en la poca calidad de la literatura y el arte a partir de los años sesenta y el privilegio de la cultura de masas sobre la cultura del libro. Y eso no hemos dejado de saberlo y lamentarlo desde hace años. No es solo un viejo que se queja: es una voz que se queja con nosotros.
La civilización del espectáculo es un libro que merece ser leído, a pesar de sus bemoles. Para aquellos que creemos en la literatura y las artes, en unas humanidades que cada vez más desaparecen del mapa académico, es esencial. Señala fallas en nuestros andares por este mundo, en este tiempo y desde hace mucho, y alrededor de esas fallas, y de esos cambios cada vez más vertiginosos no podemos dejar de reflexionar. Es un libro moral. Una moral que el autor supone no existe ni existirá nunca en youtube.  

lunes, 23 de julio de 2012

Diario de Tirrenia (marzo-julio 2011)


Plaza Venezuela:

22 de marzo de 2011

El domingo nos reunimos Gisela Kozak, Colette Capriles, Erik del Bufalo, Juan Cristóbal Castro y yo para debatir nuestra propuesta de una comunidad intelectual en Venezuela, que esté abierta a los venezolanos afuera, y plantee, en términos intelectuales, teóricos y académicos, una discusión sobre política. Somos muy distintos, pero sé que funcionará muy bien. Pronto veremos los frutos.
Ayer comenzaron las primeras Jornadas de Literatura Venezolana Contemporánea en la Universidad Simón Bolívar. Han resultado maravillosas hasta ahora, con sus bemoles logísticos. Compartir con Rubi Guerra, Miguel Gomes y Juan Carlos Méndez Guedez ha sido muy estimulante.
Un comienzo equinoccial lleno de esperanzas. Esperemos.

Viernes 25 de marzo de 2011
Crónica de las Jornadas (1)
Mi esposa me dejó en la Libertador, a la altura de Chacaíto y bajé. Tomaría el autobús de la Universidad en la esquina del Mac Donald. Mientras caminaba, recordé con cariño los dos trimestres en que dicté clases en la Simón Bolívar y lo buena que fue la experiencia. Al llegar a la esquina, la cola era larga. Encendí un cigarrillo. Llegaría tarde. No tuve presente el orden de las horas allá arriba (por bloques numéricos establecidos) y dos autobuses llegaron para llevarse la carga. En un santiamén, llegué a Sartenejas.
Crucé la calle de los ingleses, colindando con la Biblioteca, hacia el Rectorado. Ya Gisela Kozak me había confirmado que era ahí la primera Conferencia Plenaria, en donde ella leería. La vista del paisaje me alegró, y ya en la entrada, saludaba a mucha gente. El aire respiraba emoción, expectativa. Saludé a Vicente Lecuna, quien me presentó a Miguel Gomes y abracé a Juan Carlos Méndez Guedez, con quien me comunico abundamentemente por el Facebook. Miguel, buen scholar, llevaba traje y corbata. Juan Carlos, mucho más informal. Vicente, ni se diga. Tres formas de pensar, escribir y abordar la literatura intercambiaban comentarios jocosos. Ojalá fuera así el ambiente de toda esta Jornada: tolerancia, respeto, búsqueda de conocimiento y difusión del mismo. A los minutos, llegó Gisela, engalanada con una hermosa falda, linda. Más abrazos. Cigarrillos, ganas de café, adrenalina en los ojos de los organizadores, en especial de Carmen Victoria Vivas. Nos encomiaron a entrar al Paraninfo. Todo iba a comenzar.
La conferencia plenaria la dictarían Luis Miguel Isava, Gisela Kozak, Miguel Gomes, y Carlos Sandoval. En ella se vivieron momentos dulces y feroces. Luis Miguel dictó una cátedra sobre poesía. Desde hace mucho tiempo dejó de ser un crítico y pasó a ser un filósofo del lenguaje. Gisela cambió el ambiente y polemizó, señalando nombres, carencias, fisuras, logros, aciertos de la literatura venezolana y sus protagonistas, desde las gestiones culturales de los noventas hasta el día de hoy. Rió y repartió carcajadas y silencios entre el público. Ya la candela estaba iniciada. Las conferencias de Miguel Gomes y Carlos Sandoval continuaron el hilo de Gisela. Gomes, quien nos tiene acostumbrados a la rigurosidad académica más alta, centró su conferencia alrededor de las alegorías nacionales, haciendo una profunda crítica. Sandoval, criticó la ausencia del teatro y del ensayo en las discusiones de las Jornadas, así como en la mesa en donde se encontraba en ese momento. Habló de 17 antologías de cuentos en menos de 10 años en el país; de la industria editorial, de los triunfos de algunos y los fracasos de otros. Luego, el ciclo de preguntas fue pequeño; además, había que almorzar.
Subí, junto con muchos más, a la Casa del Profesor, para acompañar a Violeta Rojo y Miguel Gomes, con quien pude conversar bastante en el camino. Almorzamos en una misma mesa Laura Febres, Violeta, Leopoldo Plaz y yo. Al lado, los conferencistas de la mañana y los organizadores. Las charlas giraban sobre los libros escritos, las esperanzas y desilusiones de una literatura llena de mucho que dar. La subida hacia la Casa del profesor es larga y no apta para fumadores. Al bajar, nos dispersamos entre las diferentes mesas y ponencias.
Por gestarse las Jornadas en fechas de clases, no se pudo organizar todo en un solo edificio. Las Jornadas fueron hechas para zapatos de goma y patinetas: fue mucho lo que había que caminar. Con el mejor espíritu, la mayoría de los asistentes se plegó a ello, y así abordó, cual hijos de Gina Saraceni, magna maratonista, cada camino hacia los diferentes edificios. Hubo problemas logísticos: orden de lecturas, coincidencias entre mesas a moderar y mesas en donde leer (mi caso), pero nada grave que llevara a una hecatombre. Las Jornadas marcharon. Ese día, se leyó sobre Lydda Franco Farías, sobre Ednodio Quintero, Miguel Gomes, Balza, Rock y literatura, Lucas García, el delincuente, la cultura popular, la literatura y las nuevas tecnologías. Inteligentemente, los organizadores colocaron las mesas sobre los temas más modernos el primer día. Ya eso nos daba una clave de qué podíamos esperar, en cuanto a apertura, de ellos. No pude asistir a las otras mesas, pues debía leer en una. Al llegar, estábamos un poco perdidos. Andrés Pérez Sepúlveda llegó para moderarla y avanzamos a la Sala en el piso 1 de EGE. Dayana Frayle nos habló del viaje simbólico, de la navegación, del autor desterrado de su pedestal en la red electrónica. "Literatura 2.0 en ela era electrónica", de Alejandro Pichitelli, fue un gran dato biográfico que anotamos. Ana María Velazquez nos habló del despojamiento de una máscara para asumir otra en el viajero, escritor de un yo ficcional en el doble espacio de una memoria y nos recordó que el viaje de la modernidad no lleva a ninguna parte: es el alma quien viaja, incluso en la red. Luego, leí mi ponencia, sobre los blogs literarios venezolanos. La presencia de Raquel Rivas en el público, ayudó a tener un buen intercambio alrededor de las ponencias leídas, aunado a un polémico, pero rico debate, entre Pérez Sepúlveda y José Sanchez Lecuna.
Salimos contentos hacia el auditorio principal, a tomar café y comer galletas. En él, se presentaba la antología del cuento venezolano, "La vasta brevedad", editada por Alfaguara. Conversamos con Willy Mc Key, Juan Cristóbal Castro, José Manuel Guilarte y muchos más. Intercambiamos opiniones y juicios sobre las diversas mesas, y de ahí fuimos hacia el Paraninfo. La mesa alrededor de Carmen Vincenti y Judith Gerendas no fue muy llena. ¿desinterés por la literatura femenina?, ¿falta de educación de quienes estábamos presentes?, ¿por qué no fue Michelle Ascencio, quien aparecía en la programación del día en esa mesa plenaria?, ¿Y Victoria de Stefano y Ana Teresa Torres, las grandes ausentes de todas las Jornadas?
Al terminar ellas, vino la mesa de los narradores. Tampoco estuvo muy llena. Se acumularon los horarios, se montaron unos sobre otros, habían retrasos. Pasadas las 6 de la tarde, ya muchos se retiraron, pues el servicio de autobuses tiene un horario tempranero. De todas maneras, el texto leído por Rubi Guerra (una joya), y las palabras de Lucas García, Héctor Torres y Rodrigo Blanco valieron la pena arriesgarnos a no poder bajar a Caracas y pernoctar en el frío paralizante de Sartenejas. Al final, sorteamos el inconveniente, gracias a Carmen Victoria, quien se ofreció, junto con Gina Saraceni, Eleonora y otros, a bajar a los presentes. Al hacerlo, me di cuenta que el último evento fue un gran homenaje a Rubi Guerra, quizás la figura de quien más esperamos en esta década por comenzar.
Sábado 26 de marzo de 2011
Jornada segunda:
Subí a la Simón muy temprano, pues quería llegar a algunas de las mesas. Hotel California y Highway to hell me acompañaron; no en el ipod, en el autobús. Nuestro chofer era roquero, y eso nos dio claves, intuiciones, de lo que podría significar este día. Llegué al Paraninfo y escuché la ponencia de Vicente Lecuna. No abundaron los profesores de la UCV en las Jornadas. Lecuna, Kozak,Juan Cristóbal Castro, yo.Castillo Zapata. Ni sombra del departamento de Latinoamericana y Venezolana. Los infatigables del Instituto de Investigaciones sí estuvieron: Rebeca Pineda, Morenza, Sandoval, incluso alumnos de la Maestría en Venezolana. La ponencia de Vicente fue aleccionadora. Su análisis de las dos últimas obras de Barrera Tyzska fue interesante sobremanera. Su acercamiento a la alegoría nacional e individual en esas obras nos hizo empezar a hilar una temática que sería importante en todo el tiempo de las Jornadas.
Al finalizar, corrí a EGE a escuchar a Violeta Rojo. Era tarde. Ya habían leído sus ponencias ella y los demás (no hubo problemas de tiempo, cosa extraña) y ya estaban en las preguntas. La sala tenía gente. Alumnos y profesores de Barquisimeto, Coro, Maracaibo, Mérida, Cumaná hicieron presencia en cada una de las actividades. Por el contrario, la ausencia de los alumnos de las Escuelas de Letras de Caracas fue masiva. Pocas caras conocidas. Una verdadera lástima.
A las 10 debía moderar una mesa: Narrativa Venezolana: lecturas y perspectivas II. La sala que teníamos estipulada no pudimos usarla, y bajo la dirección de Mariana Libertad Suárez caminamos hasta Comunicación. Allá, muy cerca de Editorial Equinoccio, conversamos y escuchamos a los ponentes. Steven Bermúdez, de LUZ, Michelle Roche, de El Nacional y NYU, y Rossana Álvarez (nieta de Pepe Barroeta, como me dijo Gabriel Payares el día siguiente) leyeron sendas disertaciones sobre la escritura nacional, las figuras de Gallegos y Britto García, Meneses y Payares. Como final (pues una de las ponentes no llegó, aun no sabemos muy bien por qué, y es una lástima) Adriana Cabrera nos iluminó alrededor de las Digresiones en Liliana Lara, la gran escritura oriental. Las discusiones posteriores, fueron estimulantes.Juan Carlos Méndez Guedez, Rubi Guerra y Fedosy Santaella nos acompañaron. El último se tuvo que retirar y, además, la muchacha que faltó leía sobre sobre obra y nos dejó con ganas de escuchar esa ponencia. Pero los dos primeros fueron activos participantes. Debo resaltar esto: ningún invitado o escritor adoptó posturas de Divo. Todos estuvieron abiertos y con ganas de colaborar, intervenir, ayudar. Reflexionamos abundantemente sobre cómo las alegorías siguien haciendo presencia en las ponencias. Sobre el exilio exterior e interior en nuestra literatura y cómo esos caminos parecen ampliarse. Fue refrescante. No dejo de resaltar que la obra de Santaella tuvo en las Jornadas dos ponencias. Una obra interesante, fresca, renovadora, llena de un lenguaje poco usual y que tiene seguidores en todo el mapa nacional. Extrañé lecturas de la obra de Israel Centeno, de Juan Carlos Chirinos, de Gustavo Valle. Pero estoy seguro que ya vendrán.
A mediodía, tuvo a retirarme. Bajé a Caracas bajo la grata compañía y conversación de Rubi Guerra y Adriana Cabrera, su esposa. Gente maravillosa. Me encantó descubrir en Guerra una gran admiración por la obra de Shakespeare. Me comentó que entre los 12 y los 18 años leyó Hamlet por lo menos unas tres veces por año. Que luego, su acercamiento ha ido en aumento. Nadie sabe las influencias de los escritores. ¿Ahora sí podemos reconocer quizás, una de las vetas de la maestría de Guerra en sus cuentos, sus acercamientos a los personajes, a la historia y su tragedia?.
En la tarde, hubo polémicas. El día tenía a la poesía como protagonista, en sendas lecturas y reflexiones. Las conferencias plenarias sobre poesía contaron con Arturo Gutierrez Plaza, Joaquín Marta Sosa y Gina Saraceni. Marta Sosa marcó la polémica, al señalar, palabras más, palabras menos, que en Venezuela no hay poesía desde Tráfico y Guaire y señalando que la obra de Arraiz Lucca es muy importante, fundamental. Saraceni lo despachó haciendo un largo listado de nombres de poetas nacionales posteriores a esos grupos que han dejado una marca mayor en nuestra literatura, hasta hoy. Pero esto no quedó así. Los poetas que leerían luego, Luis Enrique Belmonte, Luis Moreno Villamediana, Jacqueline Goldberg, Pausides González (este último quizás no), dedicaron irónicamente sus lecturas a Marta Sosa. Todos, maestros. Todos, posteriores a Tráfico Y Guaire. Luego, poetas más jovenes: José Delpino, Adalber Salas, Santiago Acosta y otros finalizarían las Jornadas con sus lecturas.
Debo hacer un comentario personal. Creo que la figura de Arraiz Lucca levanta muchas, demasiadas ronchas. Es quizás el Gerente Cultural de línea más alta de nuestra historia contemporánea ( La GAN, Monte Ávila editores, el Cealup, la Fundación para la Cultura Urbana, son testimonio de ello). De eso no nos cabe dudas. Con respecto a su poesía, siento que muchas marcas la han signado en su acercamiento crítico: no es un hombre de izquierda, no formó parte de grupos posteriores de poetas, es miembro de familia de raigambre mantuana. De su obra, siempre rescato "Pesadumbre en Bridgetown". Editado por Pequeña Venecia y su cuerpo editor, de obra reconocida( Barreto, Strepponi, Pantin, López Ortega) es un poema largo con la huella de Eliot que anuncia muy bien el desastre que vendría sobre nosotros en la década de los noventa. De su obra anterior y posterior, deben hablar los especialistas, y yo no lo soy.
Esta segunda Jornada nos deja más preguntas: ¿Hablarían del proyecto de la Revista El Salmón?, ¿ Y de proyectos y poetas del interior del país, en donde se gesta un movimiento de altura y entusiasmante?, ¿ Se reflexionaría cómo la poesía pasó, luego de estar en el pedestal mayor, a un segundo lugar con el mini boom de la narrativa en esta década?, ¿ dentro de las diferentes mesas, dejando aparte la Conferencia Plenaria con que se inauguraron las Jornadas, se hablaría en algún momento de ediciones nacionales o internacionales de poesía?¿ Números, estadísticas, cantidad de talleres?
Con estas preguntas, hacia el final de la tarde, luego de corregir, preparar algunas clases, descansar, lavábamos los platos pensando que ojalá no nos dedicáramos tanto a lavarnos las manos ante el reto mayor de acercarnos a nuestra literatura, analizarla y difundirla. Estas Jornadas, seguían anunciando esperanzas. Los Rolling Stones me ayudaron a cerrar el día.
Gracias a los dioses, todavía quedaba el último día de las mismas: el de la mañana siguiente.
Domingo 27 de marzo de 2011
Jornada tercera (y última)
Llegué a las 8 al Paraninfo. Juan Cristóbal se alegró, pues sospechaba que la mesa en donde estaría no tendría mayor público. Era sobre Literatura y Política. Efectivamente, al comenzar, no abundaba (pero luego las cosas cambiarían: un asunto de puntualidad criolla, tráfico y lejanía contribuyeron a que no llegara la gente a tiempo). Un par de muchachos de sociología de la UCAB leyeron un trabajo en ciernes sobre la idea de Nación y Literatura y su elemento inconcluso. Juan Carlos Araque, segundo en el orden de lectura, no llegaba. Leyó entonces Juan Criistóbal. Me pareció muy importante su ponencia, alrededor de "Gallegos espectral". Cómo la figura de Gallegos, en estos tiempos, ha vuelto a surgir. La idea del intelectual como pastor de hombres, como salvador de la patria, ronda nuestra literatura, en especial nuestra narrativa más existosa en estos momentos, aquella de carácter histórico. Fue una ponencia demoledora. Luego, María Julio Cordero reflexionaría sobre su padre y cómo su obra se vio relegada entre las roscas culturales de la IV República. Su meditación alrededor de pueblo y ciudadanía crítica, fue impactante. Al final, Araque llegaría. Venía directo desde Barquisimeto para leer su ponencia, había salido la noche anterior. Toda una lección para algunos caraqueños y su pequeño desprecio a estas Jornadas. La ponencia de Araque era sobre el Testimonio en la literatura, en la figura de tres autoras venezolanas de los setentas: De Stéfano, Madrid, Zago. Mostró cómo la década del fracaso de la guerrilla, del pensamiento sobre ese fracaso se hace cada vez más, mostrando sus costuras en cuanto a una posibilidad de cura, lo cual se manifiesta en el revanchismo de quienes están en el poder.
A las 10, escuchamos la mesa sobre Narrativa y Espacio Urbano II. Santaella, Rodrigo Blanco, fueron los interpelados en estas ponencias desde posiciones interesantes. Luego, escucharíamos una lectura,  sobre el testimonio en la literatura presidiaria de los años setenta. Toda una reflexión, en donde la métafora del país como cárcel es escalofriante, pero no menos cierta.
Almorcé con Enza García Arreaza y José Manuel Guilarte, luego de caminar mucho por la Universidad. Pude conocer a Moreno Villamediana y conversar con gente valiosa. Fue muy esperanzador vivir unos días en donde en cada esquina te encontrabas con alguien con quien intercambiar experiencias, conocimientos, alegría, dudas, terror.
En la tarde, nos encaminamos hacia la Conferencia Plenaria sobre Narrativa Contemporánea, la gran protagonista de las Jornadas. Carlos Pacheco, Arnaldo Valero y Gustavo Guerrero, invitado especial, leerían para nosotros. La conferencia de Pacheco nos llevó al Falke, como paradigma narrativo de la novela de esta década. Valero, nos llevó, quizás en un tiempo demasiado extenso de lectura, hacia la figura maravillosa de Juan Félix Sánchez. Guerrero nos cautivó con una conferencia llena de esperanzas para la literatura venezolana, sobria, bien escrita. Esperábamos conferencias semejantes a la de Guerrero definitivamente. Pienso que la Plenaria no apuntaba a trabajos personales sobre la literatura venezolana, sino a una interpretación de ella en la última década, o la anterior y la por venir.
A las 4 de la tarde, luego de mucho café, risas y cigarrillos, entramos nuevamente al Paraninfo para escuchar a Federico Vegas, Alberto Barrera Tyzska, Oscar Marcano, y Juan Carlos Méndez Guedez. Fue un conversatorio relajado, divertido, reflexivo. La nota más alta la alcanzó Méndez Guedez, al presentarnos su pesimismo sano. Que no creeamos en mesianismos literarios, en mini booms, en enchinchorramientos como escritores. No debemos nunca dejar de trabajar, más allá de los vaivenes del mercado. Hubo un debate interesante en Vegas y Barerra. El primero (recordamos al Gallegos espectral de la mañana), anunció que el escritor es el verdadera salvador de la patria. Que sus mayores influencias eran Reverón, Villanueva y Gallegos. Algo que no invita a reflexionar hasta el hueso. Son todos figuras de antes de 1958, es decir, antes de la democracia. ¿ No concibe todavía la literatura venezolana patrones, imaginarios, más allá de la huella modernizadora (1935-1955) y la revolucionaria (60s)? Es curioso cómo un período como lo fue la democracia entre 1958 y 1978 no se considera un paradigma. El período de la historia en donde realmente se gestó una idea de ciudadanía, de democracia en Venezuela, merece una nueva mirada, sin ingenuidades de derechas e izquierdas centradas en sus absurdos más degradantes. Vegas fue encantador, como suele serlo, y supo llevar sus intervenciones. Es un gran escritor y un gran amigo a quien admiramos, que sabemos se abrirá a nuevas esferas. Barrera, amablemente, lo llevó a hacer tablas con él, a partir de un escepticismo sano, crítico, quebrantador de espectativas. Me hubiera gustado contar con la presencia de Israel Centeno en esa mesa; creo, sin temor a equivocarme, que hizo muchísima falta. Fue un conversatorio respetuoso, entre amigos, que escriben distinto, piensan distinta a la literatura, pero son capaces de establecer un debate sin matarse. Un ejemplo a seguir (pero faltó más sangre).
Las Jornadas finalizaron con un brindis, planes futuros, debates entre copas, críticas, abrazos, cansancio. Es quizás una experiencia sin igual en nuestro mapa literario, que nos llevará, si nos organizamos y vencemos los egoísmos, a presentarnos críticamente y como "marca" (aunque no guste esta palabra) ante el mundo, como lo hacen argentinos, mexicanos, colombianos y españoles sin ningún complejo. Hay que mostrarse y hacerlo valerosamente, trabajar y seguir trabajando por unas próximas Jornadas en 2013. Quizás, un nuevo premio Herralde esté entre nosotros, o un Alfaguara, o una tendencia rica en cuanto a crítica del teatro o una revaloración del ensayo. Un lugar donde las alegorías nacionales sean sobre un futuro posible, una ciudadanía lectora y crítica a partir del lenguaje. Una clausura del siglo XIX.
Gracias a todo el equipo de la Simón Bolívar, en especial a Carmen Victoria Vivas, que se entregó en cuerpo y alma a estas Jornadas. A ella y a todos, salud y literatura.



Lunes, 28 de marzo de 2011.
Quisiera hacer una bitácora de status, Notas y comentario de mi cuenta en Facebook. Pero todavía no ayuda. Es engorroso ir hacia el pasado en la Red; no lo avalan, ni lo alientan. Puede llegar a ser un culto a la desmemoria a partir de una memoria único. La diversidad en internet puede llegar a ser una estafa.
mar2011-Dic 2011:leer teoría para la tesis, trabajo de campo virtual con los blogs (tesis), empezar fichas de lecturas para el concurso de oposición (griegos, Virgilio, Dante, Boccaccio, Rabelais, Shakespeare, romanticismo, vanguardias europeas, etc), terminar mi novela, rearmar el libro de minificción, terminar dos cuentos para el de cuentos largos. La lectura de Ficción contemporánea entra en período de espera.

Lunes 04 de abril de 2011
Una semana alejado de este diario. Muchas ocupaciones, pero en verdad no hay excusa. Debo ser fiel al registro.
Analizo, en estos días, dejar la Monte Ávila y volver a la Simón Bolívar. Hablo de un profesorado más organizado, en donde los debates sean ricos y estimulantes. Aun así, pienso proponer un Taller de escritura creativa para muchachos de tercer a quinto año en la Monte Ávila. Espero que la dirección sea receptiva y acepten. Mientras, espero por la apertura de concurso en la Simón. Ojalá haya suerte.

Martes 05 de abril de 2011
Anoche, gritos de auxilio en la calle, como a las 11. Nos paralizamos. Luego, enseguida, un carro a gran velocidad en fuga. ¿a quién secuestrarían? un infierno vivir así en este país.

Miércoles 06 de abril de 2011
Desde el balcón de mi casa, se debería ver perfectamente el Abra Solar, de Alejandro Otero. Por desgracia, no es así a razón de una enorme valla en la azotea del edificio que bordea la avenida. Antes, recién mudados aquí, no decía nada. Desde hace unos quince días, dice: “déjenlo trabajar”, en rojo, refiriéndose al Presidente. Es una soberana burla, un victimismo más de este gobierno ineficiente y corrupto. Entre el paisaje y el pragmatismo nos movemos. Entre intentar ver desde el balcón el arte y la modernidad como paisaje, y encontrarme con el pragmatismo ignorante que impone un inmediatismo de arepas y cervezas. Me recuerda un edificio a la entrada de la Casanova. Nunca he manejado, y eso me ha permitido ver con detalle a mi ciudad. Hay un edificio con figuras en sus paredes, ilustraciones casi. Para mí, la clave del lenguaje de mi ciudad está ahí, en esos signos. Sólo que nunca los hemos descifrado. ¿alguna vez podremos?
Lunes 11 de abril de 2011
Goebbels haciendo de las suyas en la calle, en el Metro, sonriendo. Goebbels, con este gobierno, reina en Venezuela.

Viernes, 15 de abril de 2011
Mañana para Boca de Aroa, a descansar un poco cerca del mar. Ayer caminando por Quebrado Honda con Javier, viendo cómo ese espacio podría ser una nueva Granada: la Iglesia de Santa Rosa de Lima (que aglutina a la comunidad peruana), la Iglesia Meronita, más atrás la Sinagoga y cierra la Mezquita. Aunado a esto, un Teatro, el Amador Bendayán, nombre que toma también este boulevard, y el espacio de ensayo de las Orquestas Infantiles y Juveniles del país. Una maravilla sería.
Avanzamos luego hacia la Plaza de los Museos. El parque Los Caobos, un espacio lleno de vida que pienso explorar en vacaciones. Los museos bastante abandonados. Varias salas cerradas. El de Arte Contemporáneo sin su belleza de antes, en especial en los espacios de afuera. Adentro, el patrimonio de Sofía ïmber: Picasso, Miró, Bacon, y un largo etcétera del mejor arte del siglo XX.
Caminando del Museo de Arte Contemporáneo hacia el avenida Bolívar, en las Torres de Parque Central, vemos una capilla con un vitral curioso, y en la parte superior de ella un letrero de hotel que dice "Parroquia", y más abajo, en luces de neón, "San Ignacio de Loyola". Las vainas raras de mi ciudad.
Remontamos hacia la nueva sede de la GAN, y luego el Centro Simón Bolívar, en donde finalizamos con dos cervezas en una tasca subterránea. Una mañana caraqueña.

02 de mayo de 2011
Muerte de Gonzalo Rojas y Ernesto Sábato. Muerte de Osama Bin Laden.
Hoy a la Católica a conversar con Marcotrigiano sobre mi seminario de Literatura y nuevas tecnologías. En la tarde a reunirnos para definir el Manifiesto con Gisela y Juan Cristóbal.
Vivimos en unas costas en donde la ciencia y la tecnología no han contado nunca con el apoyo necesario y, paradójicamente, se les ha endiosado. Por el contrario, las Humanidades, en especial las artes y la literatura, son la mayor contribución latinoamericana al mundo, y siempre han sido periféricas y mal pagadas. Reunir poesía y cibernética, como postuló alguna vez Octavio Paz, es el camino. En ese camino, no dejó de indagar Sábato, por ejemplo.
14 de mayo de 2011.
El gobierno nos exprime. Ganamos una miseria y pretende que nos contentemos con poco. Hay que luchar. Un buhonero gana más que un profesor universitario, con doctorado y años de experiencia.
Somos profesores mendicantes. Casi dominicos.

24 de mayo de 2011.
En plena efervescencia del Festival de la Lectura. Se agradece. Aun así, es lamentable que estemos supeditados todos a una Alcaldía en Caracas para este tipo de eventos. Todos los lugares culturales mayores están en Chacao. Eso significa seguir sus dictados. Hay envidias entre autores en estos días. Aquellos que están en el epicentro y los que no son tan observados. No hay mayores novedades en este Festival, en donde lo pop, la moda, la música y la farándula suelen llevarse el primer lugar. Todo por el dictado de dos embajadas y un puñado de editoriales, quienes ponen el dinero. Mientras, la presencia de nuestros escritores en la esfera internacional, es mínima, y mientras Alfaguara celebra autores aquí y los promociona, abandona a otros en el extranjero, como Israel Centeno, por ejemplo.
Voy saliendo de una fuerte gripe, espero estar pronto en la calle en los días por venir, para los eventos subsiguientes. Hoy reunión de profesores en la UCV. Quién sabe qué medidas saldrán de ahí para el reclamo legítimo al gobierno.
Mi suegra, a ser operada el jueves. Fin de semana de mucho movimiento.

Lunes, 30 de junio de 2011.
No han pagado la quincena. Se espera el aumento. Eso somos, mendigos que esperan sus monedas.

Me levanto, doy besos a mi esposa que tiene un dolor en el abdomen, la beso más y más para despertarla, como cada mañana; riego las matas, veo el paisaje en desolación de mi ciudad distópica, ese fracaso de una modernidad que no llegó. Es verdad, Caracas es fea. Soñamos arreglarla, quitarle el sucio, pintarla de nuevo. Pero es una postergación perenne.

Ojalá esta semana me paguen en la universidad lo que me deben. Eso me ayudaría a aliviar las deudas, pagar la reserva de la iglesia para nuestra boda en diciembre, poner un poco para los pasajes a Brasil.

Avanzamos, o eso creemos.

07 de junio de 2011
Ya tenemos los pasajes a Brasil. La universidad me debe dinero todavía, y quién sabe cuándo pagará. Heredé de mi madre el depender de un ministerio. El mío es la UCV, uno de los mayores elefantes blancos de este país.
Cada día, más se van del país. Por lo menos las historias suelen ser de éxitos. La crema intelectual de Venezuela abandona nuestra tierra. Y no decrecerá. Siento, que cada día que pasa, Blanca y yo nos acercamos más a ese camino: emigrar. Pensamos en Chile. Yo sigo con mis sueños de hacer el doctorado en Inglaterra. Ya veremos.

Jueves 16 de junio de 2011.
Ya esto empieza a dejar de ser un diario para convertirse en un cuaderno de apuntes. Más Canetti que Musil.
Ayer tampoco depositaron el aumento. Anuncian los recursos, pero no los vemos en nuestra cuenta del Banco. Es curioso, como tenemos que conformarnos con que nos paguen cuando quieran. En estas comarcas inventamos las palabras para violarlas luego. Una y otra vez.
Con proyectos de escritura en ciernes, ahora que las clases en las Universidades terminan. Entre las mininovelas, la novela breve y la tesis, tendré bastante trabajo en estos días hasta septiembre. Espero surjan frutos.
A partir del lunes comienzo a hacer ejercicios en las mañanas, luego escritura y en la noche leer. Debo disciplinarme.
Hoy abro el blog de apoyo a la cultura para el candidato de la Unidad, y, si tenemos suerte, le próximo presidente. Si tenemos más suerte, puede llegar a ser una política de Estado. Tengo fe.
Más que un cuaderno de apuntes, es un fragmentario en forma de telegrama esto que escribo.
Lunes 20 de junio de 2011.
Nos quedamos dormidos. Los días de lluvia nos ponen lentos a Blanca y yo. Más, luego de un fin de semana de muchas actividades: ir a Jóvenes con FIA, sentir nostalgia por tantas actividades culturales que se hacían en ese espacio en los noventa, sentarnos en la Plaza la Castellana, ir a una piñata. Me gusta pasear con mi esposa, recorrer la ciudad. Ayer además el día del Padre, con muchas comidas.
Aun así, no provoca a veces salir de casa. Aquí hay internet, películas, nuestros libros y nosotros. Nuestra cama, nuestra ducha y nuestra cocina. A veces no queremos otra cosa.
Conversamos largo en la noche sobre un hijo. Queremos uno, pero insistimos en terminar las maestrías primero y en esperar las elecciones. Si gana el chavismo, nos vamos del país y lo tenemos fuera. Si pierde, aquí.

Miércoles 27 de julio de 2011.

Pienso en renunciar a la UCV y siento como si me separara de una mujer con quien he convivido durante muchos años. La Escuela de Letras es una pasión. Casi como los barceloneses hablan de su equipo: mucho más que una Escuela. Pero ese tiempo se anuncia.
Creo que terminaré la tesis de la Maestría y no presentaré el Concurso de Oposición. Eso me traerá dolores, rencores de la gente, tristezas pero creo que ya no hay otro camino. Tengo meses pensando eso: irme de la universidad. Necesito dinero, necesito hacerme un futuro aquí, ya. No tengo la paciencia de esperar una jubilación en 30 años. Me preocupa Blanca, pues ella si cree en eso, en las jubilaciones. Algún día entrará en la Universidad y hará sus caminos. De eso estoy seguro.
Mientras tanto, pienso en librerías, en comprometerme completamente con la UCAB, otros caminos.
Transversalidades, interdisciplinariedad, bisagras, fronteras: con eso sueño.

Martes 08 de agosto de 2011.
Sigo en estos apuntes. Resolví lo de la entrega de la tesis y el concurso de oposición. Primero una cosa, luego la otra. Aun así, tengo pesimismo alrededor de la universidad.
El domingo el cumpleaños de Blanca, maravilloso; y alrededor de esto, atenciones médicas a mi padre, viaje de pocos pero sabrosos días a San Cristóbal, regreso para poner orden en casa. ¿Cómo hace uno para comprometerse a veces con tantas cosas? Quizá los mejores de esos compromisos: el trabajo en materia de cultura con la MUD, y los Radicales. A propósito de la visita de Piglia por el Rómulo Gallegos, toda una discusión vía mail. Pero hay acuerdos. Parece que vienen buenas cosas.
Mientras, y como siempre, yo buscando tiempo para escribir. Espero esta tarde pueda rendirme.