viernes, 25 de julio de 2014

Caracas 447



No nací en Caracas. Mis padres no son de aquí; mis ancestros no están en sus cementerios. No sigo sus equipos deportivos. Soy un hijo de sus suburbios.
Amo de Caracas varios edificios. Algunas zonas de Altagracia, La Candelaria, San Bernardino, Los Dos Caminos, El Cafetal, Colinas de Bello Monte, Chacao, El Paraíso. Adoro la Plaza O´Leary y la plaza Bolívar de El Hatillo. No amo sus autopistas, ni la dictadura de la línea 1 del Metro, ni su violencia, ni su incapacidad de lidiar con la lluvia,  ni su devoción por el rabipelado.
Me desespera de Caracas su afán bucólico y neocampesino, su terca negativa a abrazar la urbanidad, su negación de lo moderno. Su condición de valle nada ha enseñado a los caraqueños del sentido del límite: su imaginación sigue siendo la del campo abierto, en donde nada es de nadie y todo puede ser tomado. Por eso no respetamos las aceras, ni los pasos peatonales, ni nos amilanamos por lo alta de la música en la noche. Toda casa se extiende, de manera natural, varios metros: todo frente es nuestro, aunque ese frente sea la calle. Por eso no es devota de hacer parques: si los mangos caen en las calles y son de todos, ¿para qué un parque?
Ciudad de irresponsables, delegamos en la gracia divina toda resolución de los problemas colectivos. Porque esta ciudad en verdad no es de nadie. No la vemos como lugar donde permanecer. Es un campo lleno de edificios y un río. Es lugar de solaz divino, como cuña de Belmont en los ochentas, pero siempre de paso. Es apenas el lugar donde, arbitrariamente, están los reales, los bancos, los ministerios. Puerto entre montañas, no somos realmente una capital, porque Caracas nunca ha querido asumir autoridad, nunca ha querido ser modelo, ni referencia. Solo ha querido que la dejen tranquila, con sus recuerdos bucólicos de retreta.
Ciudad que cambia cada 20 años, hemos sido, o querido ser, la París tropical, la California más al sur, una extensión de Florida, una nueva Sevilla, un pedazo de Toscana, de Madeira, un pedacito de Hamburgo. Hoy somos una de las ciudades más grandes de Colombia, y la suma de los sueños de otras ciudades que no pudieron ser al querer ser como tú.
Caracas es un zaguán lleno de cemento en donde vuelan zamuros y guacamayas. Cada día más fea, se refugia en la vista de una montaña y no reconoce nombres de calles ni avenidas, ni edificios, ni casas.
Es hoy,  parece, apenas el lugar de la chamba. Un lugar más cercano que los demás a Maiquetía.
No son estos tus mejores días. Vendrán mejores. Salud.

jueves, 31 de octubre de 2013

No somos modernos



A Violeta, Salvador y Gustavo


Zona Rental

Desde la muerte de Sofía, las cosas con Pedro se pusieron, Aldonza, cuesta arriba. Antes de sus quince años había tomado un bolso y se había ido, dejando en la casa un vaho a derrota, a pérdida, semejante a la del boxeador cuando recoge sus cosas y se marcha para siempre del gimnasio.  Nunca supe manejarlo. Sofía lo suavizaba, lo ponía mansito. Yo fui incapaz de ese heroísmo.
No soy fuerte, no resuelvo, soy dubitativo. Mi trabajo no es admirable tampoco. Soy operador del Metro Tengo veintitrés años siéndolo.  Inauguré la línea 2, allá en el 87  y ahora inauguro la línea 4. Los jefes confían en mí para eso. Y me gusta, siento que abro caminos nuevos para los habitantes de esta ciudad, los que se joden. Pensé, además, que esa labor era digna de admiración por parte de Pedro, o que podría serlo. Pero nunca fue así. Cuando estaba pequeño y lo paseaba en la cabina, sufría de un terror sin fin al adentrarnos en el túnel. No le gustaba, le tenía pavor. Las pocas veces que lo intenté, en las noches sufría de pesadillas y corría a nuestra cama. Se aferraba a su madre y me daba la espalda. Entendía que era apenas un niño pegado a las faldas de su mami, pero con el tiempo las cosas no cambiaron. Era tanto el pavor que le daba el Metro, que solo podía soportarlo de la mano de su madre, y con lágrimas en los ojos. El asma se le complicaba además, se bombeaba sin parar. Sofía tuvo que inventarse una ruta en la superficie para llevarlo al colegio, lo que significaba que debía salir más temprano del barrio. Eso lo hace solo una madre. Yo pensé que todo se resumía en trabajar, ser honesto, estar pendiente de que nada le faltara, eso. No funcionó, Aldonza.
 La nueva línea tiene cuatro estaciones. De ahí empalma con Plaza Venezuela y la gente se va a Coche o la Universidad. Faltan estaciones en ésta línea,  no se compara con la Línea 1 ni las otras. La siento como un atajo para llegar a Plaza Venezuela, más nada. Y ya yo voy perdiendo los tiempos de los retos. El sindicato cada día se pone más duro, más cerrado. Me he ido desligando. Tengo mis beneficios, tengo mis años de trabajo y mi jubilación. No quiero más nada: ni problemas con el gobierno, ni bajos asuntos, ni huelgas. Un sindicato es una mafia legal, y llevo años haciéndome el loco ante esa mafia. Supongo que hasta eso me lo recriminaría Pedro: no cogiste unos reales, no ascendiste. Más de veinte años en el túnel. En el hueco negro, oscuro, feo. Escondido como un topo. Caminando hoyos. Encuevado.
Tengo un amigo, Sancho, pero es una amistad complicada. A veces Sancho me entiende las vainas, los caprichos; a veces no. Desde el primer día en ésta línea nueva, me ha entendido definitivamente. Antes le costaba, me ponía en dudas todo lo que le comentaba. Claro, para alguien que se encarga de golpear a los ladrones detrás de las puertas grises de las estaciones, de aleccionarlos desde la inauguración del Metro, nada sorprende realmente. Ni siquiera recoger las manchas de sangre, huesos y excrementos que dejan los suicidas cuando se lanzan, cosa que empezó a hacer desde la llegada de la línea 3. Los humoristas, los llama. Los jodedores, cuando anda encabronado. Sancho llegó a finales de los setenta a Venezuela, a trabajar con los franceses. Era bueno en su labor. Un día no aguantó más y pidió cambio, después de la inauguración de la línea 1, en el año 85 si no recuerdo mal. En España, a pesar de lo bajo que era (le llevo una cabeza) había sido boxeador. De eso vivía en sus años mozos. Luego de fugarse del seminario de curas, se mantuvo en las calles echándole pichón a punta de coñazos. Y a punta de coñazos llegó a Francia, cruzándola en tiempos de visitar al santo en Compostela. Se mantenía vendiendo estampitas y otras cosas en el camino, en especial a los gringos. Con dólares, pesetas y algunos francos llegó al lado vasco en la otra cara de los Pirineos y se presentaba como “El gran Panza” en los cuadriláteros. Tenía un jab de izquierda que dejaba lelo a más de uno y que quebraba todo a su paso. Un día lo bombearon entre varios en un bar, (lo aventaban por los aires), se fastidió de arreglarse la nariz quebrada, y se enroló como obrero en una construcción de bodegas vinateras. De ahí, bordeando Francia, llegó a Marsella, a Lyon, y de un solo golpe brincó a París. En cada avanzada hacía más dinero en mejores construcciones. Ya siendo experto con los años en trabajos bajo tierra, lo encomendaron como buen trabajador en Rotival, luego se fue con la gente de San Francisco, California y con ellos llegó a Caracas. No tuvo problemas en venirse, nada lo ataba. Nada, hasta que se empató con Teresa y tuvo una hija. Sancho, Aldonza, es mi amigo, quizás el único que me quede en la compañía. No suelo hablar con más nadie. Cuando cuadramos los horarios, almorzamos por su casa en San Agustín o a veces en las noches nos llegamos por Bellas Artes a tomarnos unas cervezas. Los ojos grises, opacos de Sancho, me miran entre birra y birra. Me miran con compasión, con piedad, quizás de lo poco que le quedó de tiempos del seminario, además de un ritual de despedida que le hace a los suicidas cuando recoge sus cuerpos: saca una botella de vino de cocinar, la esparce por el lugar antes de aplicar el líquido para limpiar los rieles, y dice “la sangre ahora se purifica con la carne, y se hace una con la tierra, sus metales, sus miserias. Púdrete, cadáver”. Hace la señal de la cruz como lo hacen los ortodoxos, para llevarle la contraria a la Iglesia romana y ser más hereje de lo que es, y se tira un peo. Es una mierda, pero por lo menos considera las almas de esos malditos. En su dureza piadosa también me dice que me olvide de mi hijo. “Pedro es un hombre y se marchó, déjale hacer su vida y sigue con la tuya. Así son las cosas siempre”. Sancho me escucha mis borracheras, esas en las que nunca lloro y me da por hablar más pausado de lo que hablo. Y le cuento lo que veo dentro de los túneles. Sólo tú y él saben de los espantos.  En cada línea lo que veo cambia. En la línea 2 se veían indios. Indígenas. Caribes. Me hacía señales, me gritaban, hacían señales para que me detuviera, golpeaban el vidrio. Al principio, me chorreaba. Pensaba que no duraría en el trabajo. Luego, cerraba los ojos. Los rostros se veían en los trazos de luz cuando ya todo el tren estaba adentro del túnel. Pensé que con el tiempo lo manejaría. Al pasar a la línea 3 se sumaron rostros de blancos, de gente vestida para una gran comida, arreglada, cadavérica pero arreglada. Mulatos y negras, sudados, de cuerpos brillantes y miradas profundas. Veía que increpaban con voces, pero nunca pude entender del todo qué decían, así me esforzara en leer sus labios. A esa velocidad, era muy difícil. Una vez hicieron un Congreso de sistemas subterráneos de transportes, y entre copa y copa, un argentino me comentó que en el Subte no era muy distinto, más en las rutas viejas, las cercanas a Plaza de Mayo. Decía que eran los muertos de la Boca, pues el subterráneo no llegó nunca hasta allá. Los mexicanos eran más exagerados: aztecas, el mismo Moctezuma, conquistadores, los franceses que invadieron hace más de cien años, y hasta los abandonados por los rescatistas en tiempos del terremoto de no hace mucho. No les creí, el metro allá no es subterráneo. Pero los gringos de Nueva York o los mismos franceses de París, tan serios y tan comemierdas, pelaron los ojos cuando lo comentaba. No dijeron nada, pero sé que sus historias no serían tan distintas a la mía. Sancho solo tenía una palabra cuando le contaba esto: superstición.  Ateo como era, ateo militante además, que se encargaba de dejar volantes en los asientos de los vagones, decía que eso era simplemente paja. “No es a espectros a lo que hay que tenerle miedo, es a los vivos y cómo manchan los rieles cuando se matan o cómo lloran cuando le destripas las bolas con alicates”. Tú no crees en nada, le increpo. “No, no creo en nada, respondía”. Y era verdad: tratar con ladrones y suicidas endurece. “Eres duro entre tanta miseria en la que trabajas”. “No”, me decía otra vez:” Mámate el franquismo para que veas lo que endurece. Ustedes en este país, en donde llevo años viviendo y culeando y trabajando y esperando la muerte sonriente y negra, perdieron el fogueo, la conciencia del dolor, de pasarla mal. La democracia los volvió un masacote, los volvió pupú, gente sin guáramo (una de sus palabras criollas favoritas, que repetía como un mantra). Se volvieron débiles. Yo escucho los cuentos de los que no son de acá y lo confirmo. No han llevado palo del bueno desde hace años y así no se hace el carácter. Tú podrás ver fantasmitas, todos ven fantasmitas acá, eso no te ha hecho más fuerte”. No sabía nunca que responderle cuando me atacaba con esas palabras. Bajaba los hombros. Me despedía con un leve “hasta mañana”.

                                                           Parque Central
Al empezar en la Línea 4, me llené de valor para afrontar lo que venía en el túnel. Nunca entendí por qué no busqué otro trabajo, preciosa. Las primeras veces, apenas en el 87, cuando me bajaba más blanco de lo que soy y entregaba el turno, me iba a buscar ron a cualquier barra antes de llegar a casa. Luego, un día, aparecieron unas pastillas en la sala de reposo, cuando iba a comer. Me sentaba en el mismo puesto siempre, ahí estaban. Una nota decía “Esto quita los fantasmas”. Las engullí. Eran dos siempre. Supuse que alguien viejo de la empresa, de los que inauguraron, del sindicato, me dejaba las pastillas. Los fantasmas no desaparecían en el túnel, sencillamente no me importaban. Como si fueran una forma más de la luz. Con los años, supongo que el cuerpo se fue acostumbrando, sentía que perdían el efecto. Una vez dejé una nota que decía “más”, y al día siguiente tenía tres pastillas, ¿puedes creerlo? Pero esas también empezaron a perder su efecto. Y ahora, comenzando en esta nueva línea, apenas aparece una de vez en cuando. Hace dos meses me dejaron una nota “la crisis”, decía. ¿Qué bolas no? Me jodí, pensé inmediatamente. En esta Línea no he visto al primer espanto, pero sé que en cualquier momento aparecerá. Nunca faltan. No sé si podré soportarlo. Hoy me tomé un Valium antes de salir de casa, y llevo otro guardado, pues nunca se sabe. Tú me entiendes Aldonza.  Me toca la hora del mediodía, lo que hace los tiempos más lentos, más cargados, más muchachitos parando la puerta para entrar, más gente coleándose sin vergüenza, más musiquitos, enfermos, personas mayores. Los musiquitos acomodan el mediodía de algunos y a otros los encabronan. Los hay de todo tipo: guitarrita y temas de moda; arpa, cuatro y maracas; hiphoperos. La Cindy sin dientes, célebre mendiga, se mudó hasta esta línea a ver cómo le va, supongo. Sigue siendo la favorita de la fanaticada, suben videos suyos a yutube, ella hasta se entusiasma y piensa en un disco.  Los enfermos no tienen fin, o los supuestos enfermos en muchos casos. Los vendedores son los más histéricos y gritones. Me fastidian los mediodías, pero por lo menos me entretienen, hacen que pase el tiempo más rápido.
Soy un hombre alto y delgado, para que sepas. Tengo algunas hermanas, que nunca se casaron, vagabundas, y un hermano muerto en un lance con la Policía en los ochentas. Los malandros eran más, y lo acribillaron. Vivo, desde la muerte de Sofía, en una casa de alquiler por Puente Hierro, que comparto con una doña, una hija de una de mis hermanas y un italiano viejo que trabaja de barbero. En un anexo, vive un curita retirado, que fue confesor durante décadas en la parroquia Santa Rosalía de Palermo. Una vez intenté contarle lo que veía en el túnel, pero no entendía nada de lo que le decía, sólo hacía silencio y al final, antes de terminar de echarle el cuento incluso, me absolvió, me dijo que rezara tres avemarías y me despidió. Me quedé con todo el frío de los muertos adentro. No recé los avemarías. Cerca del Nuevo Circo hay una iglesia Evangélica y probé llegar hasta allá. Me recibieron. Me hicieron unos rezos, cantaron loas al Señor y me pidieron dinero. Me molesté y me fui. Dejé la cosa de ese tamaño, no era cercano a verme con brujos ni santeros. Cargaría con mis fantasmas.
No recuerdo si de niño veía aparecidos, Aldonza. La verdad que no. No sé a ciencia cierta cuando empecé a ver cosas. Comencé a beber y a meterme vainas recién salido del colegio. Hice múltiples oficios. Encontré luego a Sofía y nos enamoramos. Fue mi tiempo más feliz. Años después de comenzar en el Metro, Sofía empieza a sentirse mal y un día va al médico. Cáncer de pecho. Nos dio en la madre eso, a Pedro y a mí. En menos de cuatro meses se puso chiquitica, se la cayó el pelo, Aldonza. No aguantó mucho la quimio, los médicos decían que no valía la pena ni siquiera extirparle el pecho. Nada, se nos murió. Pedro estaba ya grandecito, y entre mi trabajo, y otros oficios que estaba haciendo para terminar de pagar la plata que me prestaron para el entierro, se me echó a perder: se jubilaba del colegio, se juntó mal, robaba reproductores de carro, celulares. Un día me lo llevaron unos conocidos de la policía y me dijeron que lo moliera a palos, que se me iba a salir por la tangente, que no lo perdonarían la próxima vez. Nada de lo que hice resultó, mi reina,  y cada vez que levantaba la correa para cuerearlo, no podía dejar de ver al niño que lloriqueaba cuando viajaba conmigo en el Metro. Nada pude hacer, lo dejé andar, lo alimentaba y dormía en la casa, trataba de hablar con él. No sirvió de nada. Un domingo ya tenía cuatro días fuera de casa y el lunes, al volver de mi turno, no estaban sus cosas en el cuarto. Lo llamé al celular, le mandé correos, sin respuesta. No lo vi nunca más.

                                                           Nuevo Circo
Ahora Aldonza, a estas horas,  las estaciones están más llenas. En esta línea los tiempos de espera son mayores, y para colmo te anuncian el tiempo de llegada en unas pantallas. Eso ayuda, pero en un subterráneo, no sé para qué. Total, ¿a dónde vas a ir? La llegada del tren ocurre relajadamente, y suelo esperar un poco más a que se monten los pasajeros, que se aglomeran, como pasa en Ciudad Universitaria por ejemplo, o para ir a Caricuao. Pero ese día, hace un mes exactamente, las puertas de los vagones tardaron en cerrarse. El primer pensamiento fue la gente trabando las puertas. Di el anuncio de que deben dejarlas cerrar para seguir. Aun así me daba la señal el sistema de que seguían abiertas. Lo intenté nuevamente, sin lograrlo chama. Di un segundo llamado, diciendo que si hay algún contratiempo que presionen el botón de emergencia. Aun nada. Luego de dos intentos más, decidí salir. Encontré el pasillo de la estación vacío y con un silencio poco común. A dos metros de haber salido de la cabina, vi al espectro. Mi hijo, vestido extrañamente, que me miraba cabizbajo. Lo reconocí enseguida a pesar de eso; supe también, por el olor, que estaba muerto. Permanecimos en silencio y yo, en mi terror, empecé a buscar una salida. Estaban cerrados los accesos a las escaleras mecánicas y a las de concreto. Empecé a gritar; le hice señales a las personas en los vagones, pero me miraban extrañados, como desconociéndome. Pedro se acercaba más, estirando el brazo izquierdo. Sentí que la tensión me bajaba, que me iba haciendo pequeño y el aire desaparecía de mis pulmones. Cuando lo tenía cerca, estando yo contra un muro, sin poder escaparme, grité con todas mis fuerzas. Los pasajeros del tren me hacían señas y se reían; algunos me increpaban, mostraban impaciencia. Al final, me habló. Me dijo que no me preocupara. Entonces vi salir del túnel de llegada a la estación a todos los espectros que había visto en mi vida: los indios, los españoles, todos los fantasmas del pasado. Llegaron otros, que por su vestimenta reconocí como trabajadores de subterráneos. Estos me hablaron y por sus acentos y expresiones noté que eran americanos, argentinos, franceses. Por último, levanté la vista hacia Pedro. Me miraba con tristeza. Lo rodeaban. Intentó dirigirme la palabra nuevamente, pero se lo impidieron. Le pregunté cómo había muerto, por qué no estaba con su madre, pero fue inútil. Rápidamente se lo llevaron. Poco a poco fueron partiendo. Estaba helado. Volví a quedarme solo.
Cuando reaccioné, Sancho estaba a mi lado. Apartaba a la masa de pasajeros de la estación que se aglomeraba alrededor mío. Sancho me dio dos pastillas y un poco de agua y me ayudó a levantarme. De los mendigos, se escuchaban abucheos y carcajadas. De los enfermos, lamentos y expresiones solidarias. Luego, alguien entró en la cabina y, al minuto, el tren continuó su marcha. No podía moverme cuando la estación quedó casi vacía. Cerré los ojos; me supe en una camilla y que entre varios me llevaban.

                                                           Teatros

Me fui con Sancho. Nos llegamos por Sabana Grande. “Alonso, ¿qué te pasó?, me preguntó. Junto a él estaba un estudiante, un joven muchacho, aprendiz del oficio de Sancho. Nuevo en el Metro, debía acompañar a su superior a donde quiera que este lo llevara, y Sancho había logrado que me dejaran ir los paramédicos. Además, se notaba emocionado. “¿cómo que qué me pasó? Los espectros Sancho, los espectros vinieron todos a verme hoy”. Me observó con rabia y desconsuelo; el estudiante no mostraba emociones en su rostro. “También estaba Pedro”, le insistí. “Claro”, me respondió, “ya entiendo”. Hubo un largo silencio de repente. Nada se escuchaba. “¿Se había tomado sus pastillas?”, me dijo el estudiante. Me molestó que se metiera en nuestra conversación y así se lo hice saber. Sancho me tomó por el brazo, refrenándome. “¿qué le has dicho de mí?”, increpé a Sancho. Volteó a mirar al estudiante (creí ver una expresión de complicidad), y luego abrió amplios los brazos y dijo: “que eres mi mejor amigo”, y me abrazó. En el camino a casa, pues insistió en acompañarme, me dijo que debería tomar vacaciones, que él tiene cuadrada una casita por Los Caracas, Teresa quiere salir, que me fuera con ellos. Le dije que le avisaba. No lo he hecho, hasta ahora. Al llegar a casa, abrí una de las botellas. Bebí casi un cuarto de ella. Sentí que al fin me relajaba, que todo volvía a la normalidad, que eso no estaba sucediendo. Eso, el sentir que los espectros me miraban con los ojos muy abiertos, como siento cada día. Luego del segundo gran trago, supe que ni todo el ron del planeta, ni todas las pastillas, los sacarían. Comprobé lo que un día me dijiste: viven entre nosotros.
 Días después, pude ver por el cable a la Cindy sin dientes dando declaraciones en un programa de entrevistas. Contaba su versión de los hechos. Nada de lo que decía coincidía con lo que yo pude vivir en carne propia. Ya verá la Cindy sin dientes quien es el señor de esta historia. Ya verá Sancho que yo si tengo pantalones. Ya verán mis vecinos cuando aparezca yo, Caballero de la Triste Figura, en la tele, contando la verdadera historia. Se la contaré al mundo, Aldonza, se la mostraré al mundo aunque crean ver en mí solo a un viejo, casi un jubilado, con problemas en la cabeza.
Tú lo sabes más que nadie, Aldonza. ¿Dónde quedan, acaso, todos los años que llevamos conversando?


miércoles, 5 de septiembre de 2012

De "1918". Primera parte



Playball

Mickey Mantle jugó muchísimos años con una pierna mala, que debía tratarse
 y amarrar como un perro sin educación ni disciplina. La Osteomielitis,
a pesar de la penicilina, duele siempre.
Fue operado de la rodilla seis veces en toda su carrera.
A pesar de la triple corona en el 56, perdió la competencia con Maris por el record de Ruth en el 61, gracias una vez más a su pierna mala y sus lesiones.
Murió hace pocos años.
Mis labores con estas sílabas llevan un principio de muerte desde que me acerqué hacia ellas.
Sufre la espalda, sufre la memoria en los insomnios que tanta locura traen. Me recuerdan que llevan veneno y que el palpar continuado, el frote de piel, de dedos contra teclado, también carcome los ánimos.
Uno sale al juego y se planta en el home, cada vez que le toque. Sólo eso nos queda con los años.
El bregaje. Apagar el laptop y mirar con ironía, en una esquina del cuarto, un guante raído, un bate mordisqueado de ratas.
Una barajita vieja de Mickey Mantle.

lunes, 27 de agosto de 2012

Sobre "La civilización del espectáculo", de Mario Vargas Llosa

En principio, todos los que hemos estudiado literatura y artes, los que escribimos y pintamos, bailamos o interpretamos alguna partitura, deberíamos estar de acuerdo con Mario Vargas Llosa en su último libro, La civilización del espectáculo. Deberíamos. Aunque sea parcialmente. Al terminar de leerlo, uno se encuentra con sentimientos encontrados. Por un lado, muchos de los argumentos que el autor esgrime, son los mismos que esgrime uno en artículos, aulas de clase, e incluso en novelas, ensayos o poemas. Por el otro, las críticas que dispara contra todo aquello que compone la modernidad audiovisual, no hace sino ponerlo a uno contra las cuerdas.
En La civilización del espectáculo, el Nobel peruano hace énfasis en cómo la tradición liberal de la cultura, específicamente desde la modernidad y con ella el advenimiento de la burguesía, cimentó las bases morales con las que medir el siglo XIX y XX, analizándolo de manera crítica y realizando los cambios sociales y políticos necesarios para lograr los avances que Occidente esgrime ante el mundo: democracia, libertad de culto, altos niveles de alfabetización, laicismo, calidad de vida. Vargas Llosa señala que esas bases morales se encuentran en la Cultura, entendiendo como cultura a las humanidades y las artes y como centro, a la palabra escrita.
Las críticas de esta sumatoria de ensayos son impactantes, aleccionadoras y, a veces, chocantes. En primer lugar, en su organización. El autor reflexiona sobre la materia a través de siete capítulos, apoyándose a su vez en artículos suyos publicados en El País, diario español donde escribe regularmente. No sé si tiene sentido esta forma de plantear las cuestiones. Aparenta una enorme pereza editorial. Algo que se puede constatar a lo largo del libro, donde leemos a un hombre indignado, irónico, altivo, con ánimos pesimistas y, ante todo, cansado. Es lo menos logrado de la obra: una sensación de fastidio por tener que escribir sobre algo que, a la luz del autor, no debería de estar sucediendo. Considero que el abordaje que hace de autores como Barthes, Foucault, Derrida y Baudrillard es exagerada: desmerece,  quizá con la excepción de Foucault (y como Mark Lilla en algunos de sus trabajos) los aportes de estos pensadores al mundo contemporáneo, más allá de que compartamos o no sus posturas. Además, su acercamiento a la tecnología es superfluo, sin atreverse a indagar más en términos filosóficos. Muy diferente es la perspectiva de Alessandro Baricco en su obra, Los bárbaros, en donde profundiza mucho más en los cambios que el siglo XXI nos trae, analiza la cultura burguesa señalando su final y se atreve a indagar mucho más hacia donde podríamos ir.
Por otro lado, las críticas a muchos planteamientos del arte contemporáneo, a la mercantilización enfermiza del mismo, la ausencia de refinamiento en la sexualidad, a través del erotismo, la honda reflexión alrededor del lugar de la religión en el siglo XX y XXI, desde varias perspectivas: filosóficas, sociales, políticas y cómo la literatura sí ayuda a cambiar al individuo, son respetables. Por último, el discurso de Vargas Llosa en Frankfurt, al recibir el Premio de la Paz de los libreros alemanes en 1996, no hace sino dejarlo bien parado. Tenemos al polemista latinoamericano en toda su expresión: sin miedo de hablar, de señalar, de criticar y de dar ánimos en la lucha contra los males del mundo, desde el lugar de la literatura y el arte. Es un discurso inspirador, mucho más que el leído hace dos años en Estocolmo.
La civilización del espectáculo es un libro que puede hacer aguas en sus pocas referencias a las obras de los autores que critica y a las perspectivas que ellos soportan. Podría tener más extensión y profundidad. Podría, también, indagar mucho más en las particularidades de la cultura audiovisual y musical, y en los logros que ella ha traído a la civilización. Vargas Llosa escribe desde un lugar de enunciación: lo analógico. Los que crecimos en lo analógico pero hemos aceptado lo digital, nos encontramos entre la espada y la pared. Somos mestizos. Estamos formados en los grandes discursos del siglo XX, pero caminamos entre sus destrozos, sin saber claramente hacia donde vamos.
Creo que la clave para el entendimiento de este libro, está en la perspectiva del lector. Su usted puede terminar de leerlo y de reflexionar sobre él, entonces ese mundo del que Vargas Llosa habla, no está perdido. No nos engañemos: el lamento de Vargas Llosa está en la poca calidad de la literatura y el arte a partir de los años sesenta y el privilegio de la cultura de masas sobre la cultura del libro. Y eso no hemos dejado de saberlo y lamentarlo desde hace años. No es solo un viejo que se queja: es una voz que se queja con nosotros.
La civilización del espectáculo es un libro que merece ser leído, a pesar de sus bemoles. Para aquellos que creemos en la literatura y las artes, en unas humanidades que cada vez más desaparecen del mapa académico, es esencial. Señala fallas en nuestros andares por este mundo, en este tiempo y desde hace mucho, y alrededor de esas fallas, y de esos cambios cada vez más vertiginosos no podemos dejar de reflexionar. Es un libro moral. Una moral que el autor supone no existe ni existirá nunca en youtube.